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Amor y disciplina. Claves en la educación

El modelo de educación llamado “Laissez-faire” es el que peores consecuencias tiene para el comportamiento de nuestros hijos y para su posterior felicidad. Traducido sería “dejar hacer”. Desde que nacemos estamos aprendiendo formas de pensar, de sentir y de comportarnos. Nuestros hijos lo tienen que aprender todo, y los padres somos los principales responsables de que lo hagan. Cuanto más pequeños son nuestros hijos, más buscan recompensas inmediatas. Madurar supone ir comprendiendo que la búsqueda de la satisfacción inmediata no siempre es el camino para lograr la felicidad. Los niños son niños, no pretendemos que sean maduros antes de tiempo, pero debemos mostrarles el camino para que aprendan a serlo. La ausencia de límites crea en ellos inseguridad, intolerancia a la frustración e inmadurez emocional a largo plazo.

Para educar a nuestros hijos debe haber amor y disciplina. La falta de alguna de las dos puede tener consecuencias importantes para su felicidad. La disciplina tiene que ver con las rutinas, las responsabilidades y los límites.

Madurar supone ir comprendiendo que la búsqueda de la satisfacción inmediata no siempre es el camino para lograr la felicidad

Cuándo empezar a poner límites

Se empieza casi desde que nacen. Cuando son bebés tenemos que colmarles de atenciones y cubrir todas sus necesidades de forma más o menos inmediata, sin embargo, ir teniendo unas rutinas con ellos hace que se sientan seguros y protegidos. Éstas suelen tener que ver con necesidades muy básicas. El que sean alimentados a intervalos de tiempo regulares, prepararlos para dormir a las mismas horas, siguiendo el mismo ritual, asearlos y pasear, hace que estén más tranquilos y se sientan protegidos. Los límites cuando son muy pequeños intentan evitar que corran un peligro físico

Cuando dejan de ser bebés tenemos que tener muchísima paciencia, porque para ponerles los límites antes hay que dejarles experimentar (siempre que no corra un riesgo físico importante). A partir de los 2-3 años debemos, no solo hay que enseñarles las fronteras que no pueden traspasar, sino también mostrarles cómo hacer las cosas y reforzarles continuamente con sus pequeños avances. Se les pueden ir dando progresivamente algunas responsabilidades, como recoger los juguetes (siempre con nuestra ayuda).

A partir de los 3 años algunos niños tienen lo que solemos llamar una “personalidad muy fuerte”. La frontera entre lo normal y que se conviertan en unos “tiramos” está en nuestra mano. Es el momento crucial para que reconozcan nuestra autoridad. Los niños tendrán su tiempo para sentir la libertad de hacer lo que quieren (jugar, saltar, correr…), pero deben tener claro quién tiene la última palabra. Pondrán a prueba nuestra paciencia e intentarán saltarse los límites constantemente.

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Qué fronteras no deben traspasar

  • No cumplir reglas básicas del hogar, como horarios y orden.
  • Faltar al respeto. Insultar, gritarnos, exigirnos o darnos órdenes. Por supuesto, agredirnos físicamente.
  • No cumplir sus pequeñas responsabilidades. No debemos responsabilizarnos de todo.
  • Qué traten con agresividad a otras personas.
  • Que no nos obedezcan a nosotros o a personas con autoridad, como profesores o abuelos cuando están a su cargo.

Cómo poner límites a nuestros hijos

  • Lo fundamental es ser consistentes y persistentes. Un “no” no puede ser después un “sí”. Esto es lo peor que podemos hacer si queremos que nos tomen enserio. Aprenden que llorando, insistiendo o ignorándonos consiguen lo que quieren. Nos manipulan. También deben percibir que somos de palabra a la hora de dar recompensas.
  • Nunca ceder, aunque a veces podemos ser algo flexibles: negociar u ofrecer alternativas, siempre que nos parezcan correctas.
  • No abusar del castigo. Si se abusa no se consiguen resultados. Es mejor aplicar consecuencias relacionadas con sus conductas. Tienen que ser proporcionadas, más o menos inmediatas y no demasiado prolongadas en el tiempo.
  • Poner los límites con un tono firme pero nunca gritando. Les puede bloquear o causar agresividad. Ellos también aprenderán a gritar.
  • Explicarles siempre el porqué de su mal comportamiento y de las consecuencias que va a tener. Siempre adaptándonos a su capacidad de entendimiento y sin darle demasiadas vueltas. Que no nos perciban que estamos enfadados, sino convencidos.
  • Acordarse de elogiarles a menudo cuando hacen las cosas bien. Los elogios o premios también tienen que ser proporcionales a la conducta conseguida.

Consecuencias de no poner límites

Un niño al que no se le ponen límites, o sus padres no saben ponerlos, hacen que cada vez aumenten más sus exigencias y su ira. Estas son las consecuencias más destacables que psicólogos y sociólogos han observado:

  • Se convierten en tiranos. Ellos mandan en casa y nosotros obedecemos sus órdenes y caprichos. Exigen y amenazan.
  • Se convierten en egoístas, caprichosos, manipuladores y con intolerancia a la frustración.
  • Se enfadan frecuentemente. Son rencorosos. De aquí se derivan problemas con la sociedad, ya que no siguen las normas. Son despóticos y desafiantes. Sin embargo, este comportamiento a veces contrasta con una conducta sumisa con sus amigos. Solo descargan su ira en casa.
  • Poseen inseguridad, con grandes conflictos interiores y son muy impulsivos.
  • Culpan a los demás de sus errores.
  • Suelen ser materialistas. Es más probable que abandonen los estudios. Si continúan estudiando, no es para ser buenos profesionales. Sólo quieren hacerse ricos.
  • En la adolescencia y edad adulta serán personas violentas, mostrarán apatía y desmotivación. Por otro lado, también pueden ser tímidos e inseguros.

No hay que tener miedo a poner límites a nuestros hijos. El hacerlo les traerá consecuencias positivas para su vida adulta: que sean maduros emocionalmente, que puedan vivir en sociedad y que puedan gestionar y manejar la frustración. Poner límites es un acto de amor, aunque hay que hacerlo de una forma adecuada, porque si no nos pasaríamos a un estilo autoritario.